Llevo seis años probando lo que el mercado prometía que iba a devolverme el brillo. Vitamina C tópica de Paula's Choice. Colágeno hidrolizado de Plent. Redoxon Colágeno con biotina. Sueros de ácido hialurónico de marcas que cuestan lo que una comida familiar. Cremas de retinol que me irritaron la piel dos meses hasta que las abandoné.
Los productos no me destruyeron por dentro — me destruyeron la cartera y la esperanza. Pero lo que sí pasó en silencio, sin que ningún dermatólogo me lo explicara en seis años de consultas, fue que mis células dejaron de tener la energía para hacer lo que siempre habían hecho: fabricar colágeno, repararse, brillar desde adentro.
Me negué a seguir tirando dinero al mismo hoyo. Y para cuando termines de leer esto, vas a estar furiosa. Como yo lo estuve.
Empecé con cremas a los 44 cuando noté que la piel se veía diferente en las fotos. Al principio pensé que era el celular. Luego que era el cansancio. Luego que era la edad y ya. Mi médico familiar me mandó con un dermatólogo en Polanco. Me recetó tretinoína, una rutina de cinco pasos y un suero de $1,200 pesos. Tres meses después, piel más irritada y sin resultados reales.
Probé colágeno en polvo seis meses. Vitamina C oral. Biotina. Todo lo que aparece en los grupos de mujeres que "se cuidan". Mi piel no mejoró. Mis ojeras tampoco. El tono gris que apareció después de los 45 se quedó.
Seis años cambiando productos, subiendo presupuesto y probando nuevas marcas. Y ni una sola vez alguien me preguntó por qué mis células habían dejado de funcionar como antes en primer lugar.
Llegué a gastar más de $18,000 pesos en dos años solo en cremas, sueros y suplementos de farmacia. Mi piel seguía siendo la misma: opaca, sin tersura, con ese aspecto perpetuo de "trasnochada" aunque durmiera bien.
Mi piel "cuidada" en papel. Pero mis células por dentro agotadas por media década de productos que nunca tocaron la causa real.